lunes, 8 de agosto de 2011

Mientras no sea domingo

Mi pasión por los animales comenzó cuando tenía de maestra a la señorita Julia. Le habían regalado a mi abuela un pichón de canario. Disfrutaba sentarme junto a la jaula: la ponía a la altura de mi vista y estudiaba durante horas todos los movimientos de Waki, el pichoncito. Un día que no era domingo, lo saqué despacio. Lo apreté con fuerza para que no se me escapara. Cuando abrí la mano, ya no se movía: estaba quieto y derretido sobre mi palma. La transpiración de mi mano cerrada le había mojado el plumón, porque todavía no se le podían llamar plumas. Era tibio y húmedo.

Me lo puse en la boca y lo exploré con la lengua: reconocí sus ojos duros, la pelusa que le tapizaba el cuerpo y las patas como palillos. Gocé un rato de sus sabores silvestres, pero no me atreví a morderlo por miedo a sus jugos inundándome el paladar. Me lo tragué entero.

Con mi secreto en la barriga, la abuela me llevó al colegio. Aún no había notado la desaparición de Waki. Esa tarde no pude concentrarme en nada de lo que dijo la señorita Julia, solo podía pensar en que era dueña de una experiencia única. Me sentía superior por saberme capaz de semejante hazana.

Nunca se supo qué pasó con el pichón de canario. Le echaron la culpa al gato, como era lógico suponer. Después de mi proeza, comencé a ensayar con todo lo que tenía a mano, en esa época no eran más que insectos. Comí bichos canasto, gusanos, cascarudos, mariposas.

Tenía de maestra a la señorita Dora cuando volví a comerme un vertebrado; ya había pasado la señorita Alicia, pero en ese tiempo no probé nada nuevo. No era domingo cuando me puse en la boca una rana del tamaño de un dedo meñique: la apreté con la lengua contra el paladar y sentí el cosquilleo que me hacían sus patitas, ansiosas de nadar hacia mi garganta. No bien aflojé la presión, fluyó por mi esófago con movimientos ágiles. Era fría. Me resultaban fáciles de conseguir en la pileta de la casa de al lado. No había día que no desayunara uno de estos deliciosos anfibios, a veces dos, pero nunca más de tres: la pesca era todo un desafío.

Otro día, tampoco era domingo, durante el año de la señoorita Josefina, me tragué una laucha que la abuela había aplastado con la escoba en el patio. La rescaté de la basura, y aún medio viva me la puse en la boca y la paladeé como al canario de la primera vez. Ahí descubrí que me gustaban más los animales de sangre caliente.

Cuando terminó el reinado de las señoritas y empezó la etapa de las profesoras ya tenía acceso a dinero para pagarme los vicios. A la salida del colegio, una o dos veces por semana, dependiendo de mis finanzas, recorría veterinarias en busca de sabrosos bocados. En esa época degusté: lagartijas, tortuguitas de agua, peces de colores, pollitos apenas salidos del cascarón, cobayos recién nacidos y, por supuesto, pichones de canario.

Todos estos recuerdos me llenan de gozo, pero nada se compara a la satisfacción que siento durante los embarazos. Mi segundo hijo crece con paciencia dentro de mí, y me conecta con fantasías que exceden a mis posibilidades. Cuando se mueve por las noches, imagino que me tragué un gato entero que da vueltas en mi barriga. O que me comí un perro y quiere correr por las paredes de mi estómago. Me fascina pensar, cuando tendida en la cama veo la panza cambiar de forma, que allí adentro vive una comadreja, y que no sabe cómo escapar.

Sigo comiendo todo tipo de animales para acostumbrar al bebé desde el comienzo a estos placeres. Así lo hice con el pequeño Julián, mi primer hijo, que ya tiene un año. Al que ahora alimento con renacuajos, mezclados en el puré de calabaza. Los saborea con alegría, siempre que no sea domingo. Porque los domingos hay mucha gente en casa, y no se puede comer con tranquilidad.

María Taltavull (GANADOR DEL I CONCURSO DE RELATOS REVISTA TEINA, 2005.)